Me quedé muy quieto, impresionado, mirándola no más. Ella se percató, creo, porque apartó los ojos de algo que estaba más allá de la ventanilla, se dio vuelta y su mirada se topó con la mía. Duró un buen rato, lo sé, eso lo recuerdo perfectamente. Pero ella no sonríe y sus pupilas no comunican. Tan solo miran, me miraron como si yo fuera un desconocido, como si fuera alguien del que no querían saber nada más. Después, en lo que dura un entrecerrar de ojos, se volvió hacia sí misma y miró el horizonte, un horizonte que era un cielo negro abriéndose entre el amarillo y el púrpura, me acuerdo de eso. Sin saber qué hacer, herido de verdad, me dejé caer en un asiento ajeno. La miré pero ya era inútil. La había perdido.
Mala Onda. Alberto Fuguet
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